Al encender la estufa, recordó cuando estaba a su lado, esas noches de madrugada, donde para no dejar escapar el calor, no se necesitaba una estufa, simplemente sus brazos. Unas "insignificantes" barreras, pero las más importantes de todas. En sus brazos ella se sentía protegida, y le ayudaba a revivir las esperanzas más perdidas, un simple gesto que implica mucho, y a veces es mejor que simples palabras. Sus brazos... en ese momento deseó no haberle visto en el andén, esperando al tren que le separaría de ella, el que convertiría apenas centímetros de distancia en 125 kilómetros, el que convertía minutos de espera en horas, a causa de la impotencia. Deseó que algo le llevará hasta sus cálidos brazos, los que le hacían entrar en calor sin necesidad de una estufa... Porque sus brazos eran el mejor abrigo para el frío, no dejaba que sus sueños y esperanzas se congelasen.

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